—Puedes cerrar la puerta , no pretendo que nadie se proponga interrumpirnos— Objetó mi anfitrión de manera precisa, apartando cualquier estorbo que estuviese sobre la pequeña mesa de vidrio, la que daba justo al frente de mi Diván.
¿Cómo no agregarle un sentido de pertenencia a un objeto, si ya tan frecuentemente le visitaba?,
¿Cómo no sentenciar cómo mio, al espacio de cuero italiano color hueso dónde solía relatar tantas de mis historias?
Mi Diván.
—¿Desde hace cuánto no duermes?—precisa pensativo, mientras toma pequeñas notas de forma esporádica.
—133 días— y un sutil gesto de incredulidad se dibujo en su mirada.
—Lamento decirte que eso no puede ser posible...—comentó, cómo si con tratarme cómo una persona irracional funcionaría de alguna forma— nadie puede pasar tantos días sin conciliar el sueño, incluso los pacientes más maníacos, tienen periodos prolongados de sueño.
—Mayormente inducidos — contesté con sarcasmo— pero eso no viene al caso.
—Cuéntame sobre ese último sueño que tuviste— Cambiando el tema cómo era de esperarse.
—Por supuesto,—contesté ansiosa— pero cabe destacar que lo que pretendo relatarte lo soñé hace 133 días atrás.
—¿Por qué es tan importante, de un momento a otro, contar los días?—Preguntó curioso, y era aceptable. Yo misma hubiese hecho la misma pregunta, si de por si no conociera ya la respuesta.
—Sumar números, no es lo mismo que restarlos—Contesté, bastante segura de mi misma y de lo que iba a relatarle:
>>Escuchaba el susurro insistente de mi nombre, a través de un bosque de roble a media tarde. Aún se percibía el aroma a una fuerte lluvia, y el atardecer se escondía a mis espaldas. Caminaba descalza pero a paso firme, logrando incluso percibir la sensación del barro entre cada uno de mis dedos, y observaba cómo los insectos se alejaban a mi paso.
Ahí estaba tallada en piedra, en el espacio siguiente a una sutil cascada. La silueta de mi indulto en la desesperación. Con ojos que sólo podría describir si tuvieses la capacidad de mirar a través de lo que veían los míos. Eran tan rojos cómo la sangre, y ni por un segundo se apartaron de mi rostro. Crecía en mi, la necesidad de mirarlos con detalle, observarlos desde muy cerca. Y en muy poco tiempo, me vi completamente plantada frente a su figura.
Me sentí desnuda delante de ese destello de deseo, cuál depredador que detalla cada espacio de su más curiosa presa.
Pero no me importo, no le hice caso a mi instinto de mirar atrás y alejarme, de hecho me acerque aún más. Buscando conocer mucho más de lo que se trataba, si no era que ya lo conocía premeditadamente, con clara conciencia de lo que se trataba.Su figura era tan quieta, tan inmutable... Sólo aguardando muy despacio, detallando nuevamente cada uno de mis espacios.
Fui directo a sus manos y no se alejo ante mi roce. las coloque sobre mi rostro y fue entonces cuando lo supe. Soló basto su pulgar abriéndose paso entre mis labios para conocer la respuesta.
—¿Que respuesta?—Interrumpió mi remembranza, sin importarle muy poco en respetar mi relato.
—La que necesitaba—Sentencié y de súbito me puse de pie.
—¿ A te dónde vas? Ni siquiera hemos comenzado.
—Si, pero ya hemos terminado.
—No entiendo absolutamente nada — Interrumpió de nuevo, con cómicos gestos de evidente molestia.
—Shhhu — y colocando el dedo indice sobre mi boca agregué— no necesito que lo comprenda, sólo que me escuche. Y ya lo hizo.
Tome mis cosas y sin mirar-hacia atrás, ni por casualidad, abandone la habilitación. Con la clara satisfacción de haber conseguido lo que deseaba.